Que si "nihil prius fide". Que si "verba volant, scripta manent". Etcétera, etcétera. Si no hay confianza, nada vale. Ni siquiera el papel moneda. Si el portador de un billete de 1000 pesos, no cree en el valor del mismo, mejor le sirve para procurarse un aseo de dimensiones escatológicas.
¿Recuerdan la novela dentro de la novela de El Quijote? El Curioso Impertinente quiere poner a prueba el amor de su mujer y para ello pide a su mejor amigo que la seduzca en su ausencia. La mujer resiste los primeros avances del amigo pero acaba por rendirse ante la insistencia del mismo, sin saber que el proceder de éste no se debe a motu proprio, al menos en un principio, sino a la exigencia cada vez mayor del incrédulo marido que no se conforma con los rechazos o, mejor dicho, las muestras de fidelidad de su mujer.
Entonces el símil con un diamante... "de cuya bondad y quilates estuviesen satisfechos cuantos lapidarios le viesen, y que todos a una voz y de común parecer dijesen que llegaba en quilates, bondad y fineza a cuanto se podía extender la naturaleza de tal piedra, y tú mesmo la creyeses así, sin saber otra cosa en contrario, ¿sería justo que te viniese en deseo de tomar aquel diamante, y ponerle entre un ayunque y un martillo, y allí a pura fuerza de golpes y brazos, probar si es tan duro y tan fino como dicen? Y más, si lo pusieses por obra; que, puesto caso que la piedra hiciese resistencia a tan necia prueba, no por eso le añadiría más valor ni más fama; y si se rompiese, cosa que podría ser, ¿no se perdería todo?"
Lo anterior viene al caso pues ilustra de alguna manera lo que pudo haber ocurrido el día de la firma de una escritura a la que asistieron ambas partes (la compradora y la vendedora) sin que existiera un contrato privado de promesa de compra-venta, mucho menos una pena convencional.
La desconfianza de la parte compradora que se negó a celebrar dicho contrato no fue obstáculo para la buena fe de la parte vendedora que así se presentó ante el Notario. Sin embargo, dicha desconfianza aumentó con la representación de un abogado dispuesto no sólo a enmendar la plana de cualquier escritura sino a proclamar su doctorado en la materia.
Y si bien algo de razón le asistía en el fondo, fue la forma que ondeaba entre la soberbia y un cierto desagradecimiento la que estuvo a punto de levantar de la mesa a la parte vendedora que había consentido prácticamente en todas las condiciones impuestas por la parte compradora, desde la oferta en el precio hasta la forma de pago, y no tanto por necesidad sino por buena voluntad.
De haber colmado la paciencia de la parte vendedora (que tampoco era el Santo Job), un manotazo sobre la mesa habría sido equiparable con un soplamocos para la razón. "Pues si no les parece, no les vendo". El litigante triunfante habría cortado de un tajo las aspiraciones de su representado, cancelando la posibilidad de que éste se beneficiara de una oferta inigualable y negándole un patrimonio en el que ciertamente había empeñado su corazón.
Por fortuna, no fue así. Veinticuatro horas después, prevaleció la buena fe. Su manto se impuso a los exabruptos. Se concretó la negociación y se celebró la firma de la escritura. Como era desde un principio, la Casa en Cuernavaca cumplió con todas las de la ley. El diamante siguió intacto.



