Dicen que soñar no cuesta nada, dicen. Quizás por eso cuando llega la hora de vender un bien raíz, nadie más susceptible que el propietario para sucumbir en primerísimo lugar ante el canto de las sirenas.
No importa cuál sea el motivo, si la extrema necesidad para salir de algún apuro o la desmesurada ambición para lograr el negocio del siglo, nada como dejarse seducir por el brillo que ofrece las posibilidades de una venta.
Si se trata de una casa en Cuernavaca, el propietario no podrá resistirse a la tentación de replicar y agregar ciertos valores que llegan a desafiar las variables del más generoso de los avalúos. Son las voces que pintan una realidad que de inmediato se aleja del suelo.
No se trata nada más de cotizar los metros de terreno, ni los de construcción. Puesto que la casa se encuentra en una zona turística, reconocida mundialmente por la maravilla de su clima, entonces la ubicación es un privilegio que debe compensarse.
Si la casa es de descanso, o de fin de semana, los clientes potenciales serán, nada más ni dada menos, que auténticos potentados, donde quiera que éstos se encuentren. Gente solvente que no viene a ver si puede comprar, sino porque puede comprar, viene.
Por supuesto que se sumará el valor histórico de la propiedad. ¿Quién se atreve a poner en duda el hecho de que los recuerdos gratos se aprecian más con el paso del tiempo? Pues llegó la hora de traspasar esa felicidad con intereses.
En muchos casos, el propietario fue el arquitecto, e ingeniero también. Razón por la cual habrán de adicionarse no sólo sus honorarios por haber dignificado la industria de la construcción, sino sus regalías por ese diseño de autor que siempre serán mucho más que las merecidas.
Por si lo anterior fuera poco, el precio final debe incluir el valor afectivo, que dicho sea de paso, es el más caro de todos. Un atributo con el que la depreciación, la falta de mantenimiento, o la inadecuada presentación de la propiedad, pasan a segundo término, o de plano carecen de importancia.
Cada quien es libre de fijar el precio de su propiedad, de escuchar las voces en su interior para determinar el valor de la misma. Y aún así, aunque el precio resulte inflado, con un valor que desde todos los ángulos se presenta desproporcionado, no faltará un promotor de bienes raíces que le cante al oído para persuadirlo y convencerlo de que su casa vale mucho, pero mucho más de lo que pretende, con tal de firmar una exclusiva.
Un trato que la mayoría de las veces se extiende en el tiempo a falta de mercado, o de un verdadero ingenuo que les conceda el milagro. Una espera que se prolonga de manera indefinida hasta que un día termina por agotar la paciencia del propietario, por bajarlo de la nube en que andaba.
Y todo para acabar consintiendo y concediendo un ajuste del precio a la baja, sugerido lógicamente por el promotor que termina rematándola, eso sí, de manera exclusiva, a una cantidad inferior de la que se pudo haber ofertado desde un principio.
Ulises resistió el canto de las sirenas y otras vicisitudes antes de llegar a buen puerto. Sirva lo anterior para tomarse en cuenta a la hora de fijar el precio de un bien inmueble si no se quiere naufragar en un ambicioso intento de venta.