En estos tiempos de carnavales y de ferias con sus coloridos juegos de azar que imantan por igual a mozalbetes ilusos que adultos soberbios, es casi imposible resistirse a la tentación de comparar la odisea de todas aquellas personas que buscan adquirir una casa en Cuernavaca con el tradicional juego de las canicas, el cual, dicho sea de paso, simula de igual manera la ventura de no pocos asesores inmobiliarios que les brindan su tiempo y atención.
Por si alguien no lo recuerda, o no lo conoce, el juego de las canicas en una feria consiste en lanzar con la mano una canica sobre una elevada pendiente de madera a fin de que el proyectil caiga en alguno de los agujeros labrados en la parte superior. Estos hoyos están rotulados con varios números para sumar así los intentos permitidos y, si la suerte lo permite, alcanzar la puntuación necesaria para canjearla por un premio.
Si uno piensa en la motivación de comprar una casa en Cuernavaca como la mano que mueve a una persona a ponerse en contacto con un cuadro de asesores inmobiliarios, entonces la canica es como el cliente que se desplaza, a veces con determinación, a veces a expensas de la fortuna, en un campo repleto por agentes de diferentes calibres con un solo objetivo: sumar una venta.
Y alegre, la canica va, subiendo así, girando así por el camino... minimizando máximas como la de que "el cliente compra lo que el vendedor le indica". El cliente sorteando la inercia de cierta labia que pretende engatusarlo en los confines de la información, la persuasión y el convencimiento, sin más ni más que la pura gravedad de su predilección.
Al igual que un niño que observa extático el periplo de la bola de vidrio, así los asesores inmobiliarios vigilan al cliente que igual dice "apenas estamos viendo" que "todavía tenemos otra cita".
Y de ahí, al terreno de lo insondable, a las mil y una motivaciones que deciden una compra como el destino de una canica que igual cae en uno que en otro lugar.
